Isabel I de Castilla - Biografía




La turbulenta e intensa vida y marcado destino de Isabel I de Castilla, apodada «la Católica» (1451-1504), comienza mucho antes de su nacimiento, con la rumorología que salpicaba en aquellas épocas a toda su familia real y noble linaje. Su padre, el rey Juan II, estaba muy unido a su valido, mejor amigo y fiel apoyo, el condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago, Álvaro de Luna. Muy duchos los dos en las artes de batalla caballerescas, aficionados a la filosofía y a la poesía, muy pronto los ambiciosos nobles que frecuentaban la corte murmuraron que De Luna tenía al rey extrañamente hechizado. La segunda mujer de Juan II y futura madre de Isabel, Isabel de Portugal, sentía tal animadversión hacia De Luna ―quien se había hecho ya demasiado poderoso en la corte― que ejerció su influencia hasta que éste fue mandado ejecutar públicamente en 1453. Juan II moría un año después, consumido por la pena y el remordimiento por haber mandado ejecutar a su más fiel amigo, pronunciando las célebres últimas palabras: «Naciera yo hijo de un labrador y fuera fraile del Abrojo, que no rey de Castilla». De ellas se deduce el profundamente desolado estado de ánimo en que se encontraba en el momento de su muerte. 

Juan II de Castilla fue sucedido por el hermano mayor de la pequeña Isabel, el único hijo superviviente del primer matrimonio de su padre con la difunta María de Aragón, quien había sido también su prima hermana. A la edad de 29 años, el nuevo rey recibía el nombre de Enrique IV de Castilla, mientras que la pequeña Isabel tenía aún tres años solamente y residía en una corte apartada en Arévalo junto a su madre y su hermano menor Alfonso, todavía un bebé. A diferencia del rey Enrique, ella era hija del rey Juan II y de su segunda mujer, Isabel de Portugal. Sin embargo, las dificultades del rey Enrique para tener descendencia le pusieron pronto entre la espada y la pared y le ganaron despectivos apodos. El origen de tal mala fama proviene de su primer matrimonio concertado, a los quince años de edad, con su prima la infanta Blanca de Navarra, a la que por lo visto aborrecía. Tal matrimonio fue anulado tres años después por el Papa Nicolás V. De nuevo surgen rumores de encantamientos en el círculo de la corte, y ni siquiera su segundo matrimonio con Juana de Portugal en 1455 ―a la que sí amaba― y el nacimiento de su única hija Juana, en 1462, fueron capaces de acallarlos. De hecho, las habladurías de los amoríos de la reina con Beltrán de la Cueva propiciaron que se apodara a la pequeña Juana «la Beltraneja», negando la posibilidad de que el rey pudiera ser el padre verdadero.

Enrique IV murió en 1474 tras una vida difícil y llena de injurias hirientes y ultrajantes, habiéndose visto forzado a entregar a su mujer como rehén durante la pérdida de Segovia y siendo públicamente humillado durante la llamada «Farsa de Ávila»: un acto vejatorio en el que se simbolizó su derrocamiento y apaleamiento popular, representándole mediante un muñeco de paja, y proclamando seguidamente a su hermanastro menor, Alfonso, de once años por aquel entonces, como el legítimo rey de Castilla. Los tres años que siguieron fueron muy tensos, con la coexistencia en la práctica de dos facciones, dos cortes enfrentadas por el reino. El conflicto se solucionó al final de forma trágica para el infante Alfonso, apodado «el Inocente» ―pues no era más que un pobre niño de poco más de diez años totalmente manejado por las intrigas de una nobleza ambiciosa―, en 1468, con altos indicios de haber sido envenenado (según Marañón, por arsénico) durante una cena en una posada, en la que comió trucha y, a los pocos días, moría de unas extrañas y paralizantes fiebres. 

En el año de la muerte de Enrique IV su hija, Juana «la Beltraneja», tenía doce años y había sido proclamada por su padre la legítima heredera al trono de Castilla. Isabel, la futura reina de Castilla y de Aragón y su tiastra, había cumplido ya los veintitrés. Se había criado y crecido en soledad y entre pocas riquezas en Arévalo, junto a su hermano menor y su madre, quien había perdido la razón y vivía en permanente luto y asida a su rosario, por lo visto «carcomida por la culpa» por haber obligado a su esposo a firmar la decapitación de Don Álvaro de Luna. La antiguamente bellísima y vanidosa Isabel de Portugal, famosa por encerrar a las damas de compañía en baúles durante días enteros simplemente por celos, insta ahora a su hija a recelar de los pecados de la gente de la corte y le inculca un severo concepto del cristianismo. Sin embargo, Isabel también recibe la más refinada educación como corresponde a una infanta real, versada en la gramática, la retórica, la historia, la filosofía y las artes.




A pesar de su personalidad creativa e independiente, el entorno de la joven Isabel parecía condenarla, casi con total seguridad, a una existencia de sumisión y manejo indiscriminado por parte de un círculo de nobles interesados y muy pocas veces favorables a los intereses de los monarcas, ocupados en conspirar de acuerdo con sus propias ambiciones. Arrancada junto a su hermano de los brazos de su traumatizada madre y encerrada casi bajo llave en Ocaña, desde muy niña había contemplado, seguramente con mucho miedo e impotencia, los trágicos destinos que caían como maldiciones sobre su pequeño núcleo familiar. Se dice que su madre oía voces en el castillo de Arévalo, e incluso que era asediada por el fantasma de Álvaro de Luna tratando de hacerla caer por las escaleras. Su hermano menor Alfonso fue prácticamente un sacrificio en aras de las intrigas políticas que pugnaban por manejarle, obligado a participar en la «Farsa de Ávila» como el nuevo rey. La pequeña Isabel con total seguridad también debió de escuchar los rumores que ponían en tela de juicio la capacidad de decisión de su pacífico pero depresivo padre, y hasta contempló cómo los rumores malintencionados fomentados por la nobleza acabarían, convenientemente para ella, con la posibilidad de que su sobrina Juana se convirtiera jamás en reina de Castilla. 

En algún momento de su rígida educación religiosa y de su desventurada infancia, Isabel de Castilla debió de llegar a la clara y apremiante conclusión de que si no se ejercitaba en tomar las decisiones por ella misma y en defenderlas con mano de hierro, aprendiendo a confiar solamente en los consejeros más sinceros y fieles, ella también seguiría los mismos trágicos pasos que sus desafortunados ancestros. Y, sobre todo, no toleraría que nadie tuviera más poder que ella sobre su propio destino, nunca más. 

La más notoria desobediencia de la futura reina Isabel a los dictados de su familia y entorno se encuentra en la trampa que accedió a cometer para casarse con Fernando de Aragón, en vez de con el ya mayor Alfonso V de Portugal, «el Africano», como su hermano mayor, el rey Enrique IV, pretendía. El rey tenía derecho a decidir sobre el matrimonio de su hermana menor por el tratado de los Toros de Guisando. Por lo visto, Enrique pretendía casar a su hermana menor con Alfonso V para así prometer a su hija Juana con el hijo de éste, y así Isabel hubiese sido reina de Portugal, y Juana, referida como «la Beltraneja», sería eventualmente reina de Castilla y también de Portugal, por tanto alcanzando un rango y dominio mucho mayores que los de su tiastra. A ésta no le pareció bien la posibilidad de que se diese tal desenlace. 

Se entablaron unas negociaciones secretas que culminaron en el compromiso entre Isabel y Fernando de Aragón, hijo de Juan II de Aragón «el Grande» y de Juana Enríquez, con lo que se juntarían las coronas, por largo tiempo rivales, de Aragón y Castilla y además de Sicilia, y la joven Isabel y sus aliados consideraron que con tal unión se alcanzaría suficiente poder como para resultar un acuerdo tentador. Además, Fernando tenía la misma edad que ella, por lo que debió de parecerle un destino mucho más apetecible desposarse con un joven, además famoso por sus habilidades en el campo de batalla, de elegante porte y negros cabellos, que con el ya viejo Alfonso V. Siendo Isabel y Fernando primos hermanos, hacía falta una bula papal, que es un permiso especial por parte del Papa, para que pudieran contraer legalmente matrimonio. Sin embargo, el Papa de aquel momento, Paulo II, temió las represalias que podría tener para él que aprobara un matrimonio contra los dictados de Enrique IV, poniendo así en su contra a los reinos de Francia, Castilla y Portugal. Finalmente, y para salir del paso, se escribió y presentó en el momento del enlace un documento falsificado, una falsa bula que permitía a Fernando casarse con quien quisiera con un grado de consanguinidad de hasta un tercer grado. Por tal cosa, aún hoy en día hay quien dice que el matrimonio de los reyes de Castilla en realidad no fue válido jamás.

El día de la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón no estuvo exenta de emociones ni de peligros. Isabel escapó de sus supervisores en Ocaña con la excusa de ir a visitar la tumba de su pobre hermano Alfonso, en Ávila. Mas, en vez de eso, se encaminó hacia Valladolid. Fernando y un pequeño séquito de fieles nobles cruzaron Castilla disfrazados de mozos de mulas, con el mismo destino. Era el 19 de octubre de 1469, y el punto de encuentro el palacio de los Viveros. Después de pasar tanta tensión, el momento de encuentro de ambos jóvenes, de 18 años ella y 17 él, debió de ser muy emocionante. Ambos juraron gobernar en igualdad y apoyarse ante los enemigos comunes. Es un enlace de gran conveniencia política pero que pronto desemboca en una legendaria pasión. El historiador Manuel Fernández Álvarez, autor de Isabel la Católica, narra para Muy Historia el relato de su enlace como sigue: «Isabel era la princesa joven y rubia que estaba cautiva, el rey la mantenía en semicautiverio. Además, iban a obligarle a contraer matrimonio con un viejo rey portugués, mucho mayor que ella. El joven Fernando de Aragón fue el caballero que realizó la proeza de disfrazarse de mozo de mulas para pasar desapercibido por una Castilla controlada por los hombres de Enrique IV. Culminó con éxito aquel peligroso viaje y logró liberar a la princesa y casarse con ella. Un final feliz muy propio de una novela de caballerías».




Como prueba de los sentimientos que existían, más allá de conveniencias políticas, entre Fernando e Isabel hay numerosas recolecciones de cartas en las que Fernando expresa cómo echaba de menos a su mujer cuando no estaba con ella, y los frecuentes ataques de celos que ella padecía, causados, de forma totalmente justificada, por la inconstante fidelidad de él. Empañando la perfección idealizada de cuento de hadas de su enlace, resultó que Fernando ya tenía una amante en el momento de su boda con Isabel: Doña Aldonza Roig de Iborra y Alemany, vizcondesa de Ebol, dama catalana de gran y poderoso linaje a la que se atribuye popularmente una inmensa belleza y que acompañaba al rey en sus viajes disfrazada de hombre, y con el que llegó a tener dos hijos, Alonso y Juana. 

A pesar de todo, el matrimonio entre Isabel y Fernando sería legendario, ostentando como lema en el escudo de armas «tanto monta» (de: «Tanto monta cortar como desatar»; o sea, que tanto daba si se tenían que resolver los problemas por las buenas o por las malas). Ese lema se popularizó más adelante como: «Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando», en expresión por la igualdad de poderes que se manifestó entre ambos monarcas, dos personas jóvenes de espíritu aguerrido y fiero que, más allá de la clara e insurgente dureza de su gobierno de mano de hierro y de sus facetas más oscuras y secretas, parecían representar en sus propias carnes los más vistosos ideales de la caballería, la conjunción perfecta, casi como si de una destilación alquímica se tratara, entre los arquetipos del aguerrido y diestro príncipe y de la virtuosa y devota princesa. Llevaban ya cinco años casados cuando Enrique IV murió, y la joven Juana «la Beltraneja», sola e injuriada por todos, no podría ser rival para ellos. 

Al día siguiente de la muerte de su hermano mayor, Isabel se autoproclamó solemnemente reina de Castilla contra los legítimos derechos de su sobrina Juana, y empezó una campaña exigiendo obediencia a las diferentes ciudades del reino. Por otro lado, Juana (aunque seguramente más bien se trató de los nobles partidarios de su reinado) buscó pactar alianza y matrimonio con el ahora despechado rey de Portugal, su tío. La guerra por el trono de Castilla fue extraordinariamente sangrienta, y no finalizó hasta 1479, con la victoria de los Reyes Católicos y la obligación por tratado a Alfonso a repudiar a Juana, quedando así ella de nuevo oficialmente soltera. Haciendo honor a su lema, los Reyes Católicos no escatimaron esfuerzos «tanto en cortar como en desatar» por alcanzar sus objetivos. En el Archivo Histórico de Zamora se encuentra el original de un Manifiesto del año 1475 escrito (o, más bien, firmado, pues era aún muy joven para ser poco más que una marioneta en manos de los nobles que la manejaban) por Juana con destino a Madrid, que jamás llegó, y en el que se acusa a la famosa pareja de tener «mala y siniestra intención» y de crímenes tan graves como el mismo envenenamiento de su padre, el rey Enrique IV. 

De un modo u otro, nadie se tomó en serio las acusaciones de los partidarios de «la Beltraneja», quien eventualmente tuvo que huir exiliada a Portugal, donde se retiró al monasterio de Santa Clara de Coímbra y pronunció los votos. En la calma y soledad de los estrictos muros del monasterio, de los que, sin embargo, salía a menudo, la infortunada Juana alcanzó al fin algo de libertad, identidad e integridad: se la empezó a tratar con respeto, empezando a ser conocida como «la religiosa de Coímbra» o «la excelente señora». Al parecer, recibió diferentes ofertas de matrimonio por parte de muy ilustres miembros de la nobleza francesa y portuguesa, mas ninguna logró hacerla cambiar de parecer y hacerla renuncia de la jura a sus votos. Se rumorea incluso (en clave casi de leyenda, pues no hay pruebas de ello) que tras la muerte de Isabel I en 1504 el mismo rey Fernando de Aragón la visitó para proponerle matrimonio en persona, como estrategia para restablecer sus títulos y quitarle así el reino de Castilla a su yerno, Felipe I de Castilla. Juana, quien recordaba de qué manera el viudo de su tiastra se había reído con ella de su desventura, y cómo habían fomentado las injurias contra su origen y su nombre, se negó a ayudarle. Disfrutando del favor de la realeza portuguesa, Juana, la legítima heredera del trono de Castilla, se llegó a hospedar con una modesta corte en el castillo de San Jorge en Lisboa, donde vivió feliz hasta que en el año 1522 testó sus derechos a la corona de Castilla a favor del rey Juan III de Portugal. Sus restos desaparecieron como consecuencia del terrible terremoto de 1755 acaecido en Lisboa, acabando con toda posibilidad de que ahora, desde la modernidad, se pueda resolver definitivamente, estudiando sus restos, la cuestión de su paternidad, y otorgándole así a su memoria la paz de un olvido protegida ya por siempre de la indiscreción de la opinión y la especulación de la mirada ajena.




A pesar de la poca gracia femenina y el escaso atractivo con el que los pintores la retrataron (al parecer, su retrato más favorecedor se encuentra, supuestamente, en el retablo anónimo La Virgen de la mosca), todos los textos de la época ensalzan la espectacular belleza rubia, de largas pestañas, sonrisa blanca y brillante y ojos verdeazulados de la joven reina Isabel. Se puede citar, por ejemplo, a Lucio Marineo Sículo: «Todo lo que había en el rey de dignidad se hallaba en la reina de graciosa hermosura, y en entrambos se mostraba su majestad venerable, aunque a juicio de muchos la reina era de mayor hermosura, de ingenio más vivo, de corazón más grande y de mayor gravedad». No es desconocido que la reina de Castilla padecía de una obsesión por el control (que ejercía de forma fina, inclemente y muy eficaz) y que solía poner a su marido en su sitio como rey consorte, afirmando con severidad que, con la gracia y ayuda de Dios, sobre Castilla quien mandaba era principalmente ella. Se dice también popularmente que era sucia, y que llegó incluso a jurar no cambiarse de camisa hasta la caída de Baza en la conquista de Granada. Esa es una leyenda falsa e incorrecta: en realidad tal promesa la hizo su tataranieta Isabel Clara Eugenia, y de forma totalmente simbólica, sin llevarla a cabo en la práctica, durante el sitio de Ostende. De hecho, existen pruebas de cómo el confesor de Isabel, fray Hernando de Talavera, la reprendía a menudo por su obsesión por su imagen, el culto al cuerpo, los «afeites» (cremas y perfumes) y el lujo en sus vestidos. Como regente y militar, Isabel siguió los mismos principios que el resto de gobernantes de tales épocas, expresando orgullo y honores con las victorias ganadas en su nombre y repudiando, como si no los conociera, a los derrotados y caídos. Y también encontró, junto a su marido, otra fuente muy importante de poder en la Inquisición, tribunal eclesiástico que se dedicaba a indagar en los crímenes y profanaciones contra la fe católica, y que castigaba a los considerados culpables de las formas más brutales y salvajes que se conocen de la época del medievo. 

La Inquisición perseguía no solamente a las personas acusadas de practicar magias o ritos paganos, sino también a todos aquellos que iban contra la Iglesia Católica Apostólica y Romana; eso es, también contra los judíos, árabes o mudéjares, de ahí, el dictado de la Pragmática de 1502, ordenando la conversión o expulsión de todos los musulmanes del Reino de Granada. El apoyo de la Santa Inquisición permitía que hasta los Papas temieran el poder que eventualmente la pareja de los Reyes Católicos adquiriría. Muchas de estas decisiones tenían que ver más con Isabel que con Fernando, hasta el punto en que se han encontrado cartas de éste manifestando que habían subvencionado a Colón su viaje a las Indias, entre otros motivos, porque Isabel no quería dejar perder ninguna posibilidad de convertir a todas las personas posibles al catolicismo, en el viejo y en el nuevo mundo. 

Con toda probabilidad, la fuente más profusa de infortunio y tristeza entre la poderosa pareja de los Reyes Católicos fueron sus descendientes y los trágicos destinos que padecieron la mayoría de ellos. Durante su matrimonio de más de 36 años tuvieron cinco hijos: Isabel, nacida en 1470; Juan, en 1478; Juana, en 1479; María, en 1482, y Catalina, en 1485. Isabel fue entregada en matrimonio al infante Alfonso de Portugal y Viseu. Por lo visto, la pareja se enamoró locamente, mas él murió un año después, debido a una misteriosa caída de caballo (se especula, una vez más, la posibilidad del asesinato, e incluso de intereses por parte de los mismos Reyes Católicos en el asunto). Destrozada, Isabel volvió a la corte paterna y solicitó permiso para tomar los votos, mas los reyes le negaron ese favor y la entregaron de nuevo en matrimonio, contra su voluntad, a Manuel I de Portugal «el Afortunado». Desolada, Isabel murió en el parto de su primer hijo, Miguel de Paz, y este no llegó a superar tampoco el primer año de vida. 

El infante Juan, gran celebrado como el heredero legítimo del reino, enfermó de viruela y murió a causa de su mala salud en 1497, estando su esposa, la archiduquesa de Austria, embarazada. El niño, prematuro, no sobrevivió. María fue entregada en matrimonio al viudo de su hermana mayor Isabel, Manuel I de Portugal, con el que tuvo diez hijos, muriendo en el parto del último en 1517. Fue un matrimonio aparentemente feliz, mas siendo María menor que Juana jamás pudo la pareja ni sus hijos optar a la corona de Castilla y Aragón. La última, Catalina de Aragón, fue tal vez la más infortunada, repudiada por su marido Enrique VIII a pesar de afirmar ella una y otra vez que su primer matrimonio con Arturo, hermano mayor de Enrique, no se había llegado a consumar jamás. Tras ser sustituida por Ana Bolena, la amante del rey, Catalina vivió como una reclusa hasta el fin de sus días, en 1536. Su única hija con Enrique VIII, María Tudor, llegó a ser reina de Inglaterra y, emulando a sus solemnes antepasados, se convirtió en el azote de los contrarios al catolicismo romano y apostólico, ganándose el apodo de «Bloody Mary».

Juana, la tercera hija de los Reyes Católicos, era la legítima heredera del trono de Castilla y se la desposó con Felipe I de Castilla, apodado «el Hermoso». Mas, desgraciadamente, la desdichada parecía haber heredado la locura de su abuela, Isabel de Portugal. Apodada «la Loca», fue poco más que un instrumento en manos de su esposo y los nobles de su entorno, lo cual irritó a sus padres sobremanera. Isabel «la Católica» murió en el año 1504, a los 53 años, con indicios de padecer cáncer de matriz. Fernando «el Católico» se casó de nuevo con Germana de Foix y murió a los 63 años de edad, por lo visto por abusar de un afrodisíaco de aquella época, la cantárida, fruto de su obsesión furiosa por engendrar un nuevo heredero y recuperar así el reino que su yerno le había arrebatado a él y a su demente hija de las manos. Ambos regentes, dos de las figuras más importantes y poderosas de la Europa medieval, de encuentran enterrados en un hermoso sepulcro con figuras de mármol que lo adornan, descansando solemne y pacíficamente la una junto a la otra en la Capilla Real de Granada.

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